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Lunes 06 de Febrero de 2012

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Desgracia

Abr 3rd, 2009 | By nietze | Category: Literatura y Prostitución

Para un hombre de su edad, cincuenta y dos años, divorciado, tiene, en su opinión, bastante bien resuelto el problema del sexo’.

Así comienza Desgracia, del surafricano J.M. Coetzee, ganador del Premio Nobel de Literatura en el 2003, tal vez su novela más lograda o, al menos, la que ha cosechado un mayor éxito internacional tanto de crítica como de público. Un éxito, por cierto, que da qué pensar sobre la presente condición anímica de nuestra sociedad, porque es una obra devastadora, tremenda, de un pesimismo radical no apto para depresivos, circunstanciales o crónicos, ni convalecientes de cualquier tipo de desequilibrio, físico o mental. Es imposible explicar en pocas palabras de qué trata, porque trata de casi todo: desde el amor y las relaciones sexuales hasta el odio y las tensiones raciales, pasando por la mentira y la hipocresía, la soledad y el fracaso, la violencia y la inutilidad de la venganza, el tedio, la caducidad de la cultura, la brutalidad humana, el exterminio de los animales y, en definitiva (aunque podría seguir enumerando), la omnipresencia del dolor y la desgracia de haber nacido.

Naturalmente, también aparece el tema de la prostitución, que es el que ahora nos ocupa. De hecho, se le dedica todo el primer capítulo del libro, y es esa aparente solución que, según se nos cuenta al principio de la novela, cree haberle hallado David Lurie, el protagonista cincuentón y divorciado de la misma, al “problema” del sexo. Aparente no sólo porque al final resulta no ser una verdadera solución, sino porque además tampoco parece que Lurie tenga una idea muy clara de qué es la prostitución.

Todos los jueves por la tarde, a las dos en punto, Lurie se reune con Soraya, de la agencia Discreet Scorts, en uno de los apartamentos de que dispone esta última para los encuentros de sus trabajadoras con los clientes. Lurie ‘se dirige directamente a la habitación, que está agradablemente aromatizada y suavemente iluminada, y se desnuda. Soraya emerge del cuarto de baño, deja caer su bata, se desliza entre las sábanas junto a él. “¿Me has echado de menos”, pregunta ella. “Te echo de menos todo el tiempo”, contesta él. El estrecha su cuerpo de color miel, no marcado por el sol; la abraza, besa sus pechos; hacen el amor’.

David Lurie lleva un año así. Soraya es cariñosa y complaciente con él, si bien no particularmente efusiva, en buena medida porque tampoco él lo es: ‘en el terreno sexual su temperamento, aunque intenso, no ha sido nunca apasionado’. Es además alguien con quien él puede expresarse libremente, casi abrir su corazón: ‘Ella conoce los hechos de su vida. Ha oído las historias de sus dos matrimonios, sabe de su hija y de los altibajos de ésta. Ella conoce muchas de sus opiniones’.

Lurie se encuentra tan cómodo con esta relación que llega a sorprenderse de que noventa minutos a la semana con una mujer sean suficientes para hacerle feliz: ‘él, que solía pensar que necesitaba una esposa, un hogar, un matrimonio. Sus necesidades han resultado ser bastante ligeras, después de todo, ligeras y veloces, como las de una mariposa. Nada de emociones, o ninguna sino la más profunda, la más insospechada de todas: una base sólida de satisfacción, como el rumor del tráfico que acuna y adormece al habitante de la urbe, o como el silencio de la noche para la gente del campo’. En definitiva, encuentra placer en Soraya, un placer infalible, de modo que acaba por desarrollarse dentro de él un sentimiento de afecto hacia a ella que, hasta cierto punto, él cree que podría ser recíproco. ‘Puede que el afecto no sea amor –se dice-, pero al menos es su primo’. A veces juega con la idea de preguntarle si pueden verse durante su tiempo libre; le gustaría pasar una tarde con ella, quizás incluso una noche entera.

Y entonces un día pasa algo. Un sábado por la mañana David Lurie ve a Soraya caminando por la ciudad con dos niños pequeños. Estos tienen su mismo pelo y sus mismos ojos, sólo pueden ser sus hijos. Duda primero, pero luego los sigue a distancia. Los ve entrar en un restaurante. David no se detiene, pero, al cabo de un rato, da media vuelta y vuelve sobre sus pasos. Al pasar otra vez delante del restaurante, ve a los tres sentados en una mesa cerca de uno de los ventanales. Por un instante, entonces, a través del cristal, los ojos de Soraya se cruzan con los suyos.

Soraya y David Lurie vuelven a encontrarse el jueves siguiente. Ninguno de los dos menciona el incidente, pero algo ha cambiado: ‘Los dos pequeños se hacen presentes entre ellos, jugando silenciosos como sombras en un rincón de la habitación donde su madre y el hombre extraño copulan’. Lurie siente que en los brazos de Soraya se convierte de alguna forma en el padre de esos niños, en una especie de padre-sombra.

Aunque Soraya sigue manteniendo las citas, Lurie percibe que la relación entre ellos ha comenzado a deteriorarse. Lo define como un enfriamiento creciente en el que poco a poco ella va convirtiéndose en una mujer más y él en un cliente más. El cuarto jueves después del incidente sucede lo que había estado temiéndose: Soraya le informa de que no podrán verse la semana próxima porque su madre está enferma y ha de cuidar de ella. Lurie le pregunta entonces por la siguiente semana, pero ella le contesta que no puede asegurarle nada, que tendrá que llamar a la agencia para confirmarlo.

Lurie deja pasar unos días y luego telefonea a la agencia preguntado por Soraya. ‘¿Soraya? -oye que le dice una voz de hombre al otro lado del teléfono- Soraya nos ha dejado. No, no podemos ponerle en contacto con ella, eso iría en contra de las reglas de la casa. ¿Le gustaría conocer a alguna otra de nuestras escorts?’

David Lurie se decide a probar con otra de las chicas, curiosamente también llamada Soraya, pero la experiencia le resulta decepcionante. Ya no volverá a intentarlo. De todas las escorts, llamadas Soraya o no, que pueda haber en el mundo, a él ya sólo le interesa una. Sabe que debería olvidarse de ella, no obstante, y cerrar ese capítulo de su vida, el primero de la novela, pero el autor de la misma, Coetzee, no se lo permite y le obliga a cometer una tontería: contrata a un detective para encontrarla. En pocos días tiene su nombre real, su dirección y su número de teléfono. Llama a las nueve de la mañana, cuando su (supuesto) marido y sus hijos presumiblemente ya no estarán en la casa:

‘ “¿Soraya?,” dice. “Soy David. ¿Cómo estás? ¿Cuándo podré verte otra vez?” ’

‘Un largo silencio antes de que ella hable. “No sé quién es usted”, dice ella. “Usted me está acosando en mi propia casa. Le exijo que nunca vuelva a llamarme aquí, nunca” ’

‘El cuelga el teléfono. Una sombra de envidia pasa sobre él por el marido que nunca ha visto’.

Y ahora sí: aquí termina definitivamente el primer capítulo de la novela y, con él, la aparente solución que David Lurie creía haberle hallado al problema del sexo. Su historia invita a establecer una doble reflexión sobre la verdadera naturaleza de la prostitución. Por un lado, bajo este término se engloban hoy en día actividades de hecho diametralmente opuestas: desde los simples delitos de secuestro y explotación sexual, hasta la voluntaria oferta comercial de una solución al ‘problema’ del sexo, que es lo que vive David con Soraya y que, tal vez un día, cuando por fin se delimiten los campos, acabará forzosamente por ser regulada ; y, por otro, una vez más, la conveniencia de no confundir nunca, en la literatura, desde luego, pero ahora también en la prostitución, la ficción con la realidad, lo que, a la postre, es el verdadero problema de David Lurie.

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