Tiempo de Silencio
Abr 14th, 2009 | By nietze | Category: Literatura y Prostitución, Prostitución - Crisol de visionesTiempo de Silencio es un clásico, uno de esos libros que, por su trascendencia literaria, es de obligada lectura en los colegios españoles en los que todavía se obliga a leer algo y en los innumerables departamentos universitarios de Estudios Hispánicos de todo el mundo. La primera edición apareció en la colección Biblioteca Formentor, de Seix Barral, en 1961, apenas tres años antes de que su autor, Luis Martín-Santos, falleciera trágicamente como consecuencia de un accidente de automóvil antes de cumplir los cuarenta. No llegó a ver nunca publicada su ya mítica novela tal y como él la había escrito, por tanto, porque la censura franquista de la época había suprimido dos escenas del manuscrito original por considerarlas contrarias a la moral y las buenas costumbres, y no sería sino hasta 1980 que la obra aparecería por fin de forma íntegra en su edición definitiva, también de Seix Barral.
Esas escenas inicialmente censuradas son, sin embargo, imprescindibles para la comprensión de la novela. De unas veinte páginas de extensión en total, ocupan su parte central y transcurren ambas en un prostíbulo madrileño. En la primera de ellas, el protagonista principal, Pedro, un joven médico dedicado a la investigación del cáncer, vive junto con su amigo Matías una de sus ‘noches sabáticas’. Estas consisten, por lo general, en la ingestión desmesurada de alcohol y la posterior visita a los ‘lugares sagrados’. En la escena en cuestión, el lugar sagrado en que recalan Pedro y Matías es el prostíbulo regentado por Doña Luisa, una matrona que sabe llevar su negocio con mano férrea y controlar el flujo multitudinario de los sábados impidiendo con su sola presencia el paso de los indeseables, aunque también mostrarse amable y condescendiente con aquellos con los que, como Matías, tiene ‘un conocimiento antiguo cimentado en bases económicas’. Es gracias a esto último que Pedro y Matías pueden acceder al concurrido salón principal de la casa, que en la novela aparece descrito con una sordidez implacable:
‘La atmósfera del salón a aquella alta hora de la noche era irrespirable. Las emanaciones de los cuerpos acumulados desde media tarde en tan reducido espacio, el humo del tabaco al que no había manera de dar salida ya que toda apertura de ventana al exterior estaba severamente castigada, el polvo levantado cuando el barro de los pies de los visitantes consigue paulatinamente desecarse, los perfumes baratos, las toses repartidas en mil partículas esféricas y microscópicas, la brillantina chorreante de muchas cabezas masculinas constituían un fluido denso sólo a cuyo través era dado admirar los cuerpos esculturiformes apenas velados por las vestimentas más inverosímiles y breves de las blancas de cuya trata era cuestión, apoyados en una de las largas paredes.’
Un salón en el que tienen lugar los ritos clásicos de los emparejamientos de pago y que, en lo esencial, salvando las distancias marcadas por el paso del tiempo y el progreso económico, recuerda mucho a algunos de los locales de alterne que se pueden encontrar hoy en día en casi todas las grandes ciudades del mundo:
‘A veces dos o tres clientes, más impresionables que lo habitual, hablaban entre sí en un pequeño corro, para defenderse de la mirada desnuda de las mujeres que intentaban discernir con la rapidez posible a su futura víctima-verdugo. La provocación se reducía aquí a los gestos más esenciales; una mirada franca, directa y abierta como nunca en hembra desconocida puede volver a encontrarse, un entreabrir de boca ingenuamente perverso, un oscilar de hombros y caderas con el que se intenta sugerir tal vez la imagen de islas lejanas, un tremolar de senos que sólo es escandaloso porque persiste un tenue tejido sobre la indecisa agitación.’
Dado que ‘Matías era como de la casa’, los dos amigos, demasiado borrachos para participar en las transacciones comerciales que allí acontecen, acaban por ser invitados a pasar a la sala privada de visitas, ‘dispuesta para recibir a los que demasiado importantes para ser arrojados al exterior y demasiado dudadores para permanecer en la zona de elecciones, no podían sino turbar a cuantos en ella se dedicaban al inspirado juego’. Allí son recibidos por doña Luisa en persona acompañada de una de las más maduras pupilas de la casa, con quienes pasarán las siguientes horas en animada y etílica charla hasta que por fin Pedro decide marcharse y regresar a la pensión en la que se aloja.
La segunda escena, también en el prostíbulo de doña Luisa, es el complemento de la primera y tal vez el corazón de la novela. Pedro se ha visto envuelto en un asunto turbio. A pesar de su inexperiencia como médico y (dada su actividad investigadora) ni siquiera estar colegiado como tal, ha aceptado ingenuamente socorrer a una muchacha a la que se le ha practicado un aborto clandestino. La muchacha muere desangrada sin que él pueda ni sepa hacer nada para remediarlo, y ahora se ve convertido en el principal sospechoso de esa muerte que él no ha provocado. Matías le aconseja ocultarse por algún tiempo hasta localizar a un abogado que le pueda ayudar adecuadamente a salir de la peligrosa situación en que se encuentra. Juntos, pues, se presentan en casa de doña Luisa justo a la hora de comer. Esta les dice que es demasiado pronto y trata de rechazarlos, pero entonces Matías le revela los detalles de lo acontecido y le pide que deje pasar allí unos días a Pedro hasta que se aclare la situación. Doña Luisa consiente finalmente y, haciendo llamar a dos de sus chicas para que hagan compañía a Pedro y Matías, organiza un almuerzo comunitario alrededor del fogón de la cocina. A partir de este momento, la narración evoca intencionadamente la celebración de una ceremonia de aquelarre:
‘Doña Luisa hizo entonces el gesto durante tanto tiempo esperado, el gran gesto hacia el que había estado caminando toda la noche y desde hacía tantos años (…)’
‘El mandadero, eunuco de los subterráneos, entró con su carga de alimentos (…)’
‘Doña Luisa partió el pan y dio las gracias’
‘Doña Luisa –consumidos los nutritivos alimentos y oculto en la alacena un resto de vino- los bendijo proclamando la paz’
Al final, Pedro acaba retirándose a una de las habitaciones del prostíbulo con una de las chicas para pasar la noche, donde será localizado y arrestado por la Policía a la mañana siguiente.
Hasta aquí la ficción. Pero en 1986 Juan Benet, uno de los escritores más importantes en lengua castellana del siglo XX y amigo íntimo de Martín-Santos durante sus años madrileños, publicó en El País Semanal un largo texto (recogido luego en un breve volumen de memorias titulado “Otoño en Madrid hacia 1950”) bajo el título “Luis Martín-Santos, un memento” en el que rememora algunos pasajes de su relación con éste último y revela algunos datos que pueden ayudar a conectar la ficción de esas dos escenas con la realidad.
Según recuerda Benet en ese texto, la semana inglesa todavía no se había implantado en los usos laborales españoles, de modo que, a la hora de disfrutar del fin de semana, el sábado era el único día del que se disponía, y ‘ había que aprovecharlo en su totalidad y para todo: para el alcohol, para las conversaciones literarias, para el sexo, para los amigos, para bailar, para visitar lugares poco recomendables, en fin, para gastar la asignación semanal y llenar el domingo con un descanso bien ganado’. ‘La noche del sábado’, dice Benet más adelante, ‘comenzaba después de cenar en el Café Gijón o en cualquier otro establecimiento del barrio, igualmente equidistante de nuestros domicilios, que no echara el cierre antes de las dos de la madrugada’. Aunque explica que no era aconsejable acudir a los burdeles los sábados por la noche porque ‘Estaban demasiado llenos y a ciertas horas era preciso hacer colas (…)’, aclara a continuación que por aquel entonces ‘Ya había comenzado a ejercer su influencia el Ulises de Joyce (…) y aquél que se considerase llamado a recoger la antorcha de la vanguardia literaria no podía negarse a tomar parte de una noche sabática –“iluminada de alcohol y axilas”- al estilo de Mabbot Street’.
Mucho más interesante es saber, a través de este testimonio de Benet, que Martín-Santos consideraba un dogma literario creer que toda obra de envergadura debía contener –y a ser posible en su parte central- una Walpurgisnacht, o Noche de Walpurgis. ‘No será de extrañar, por consiguiente’, dice Benet , ‘que la Walpurgisnacht asome en la parte central de Tiempo de Silencio en forma de dos escenas, de unas veinte páginas de longitud en total, que la censura tuvo a bien suprimir en la edición de 1962 y que supongo que en las posteriores han sido reestablecidas’. Estas escenas, añade luego, ‘(…) se desarrollan en el burdel de doña Luisa, en obediencia al canon impuesto por Mabbot Street (…)’
Este ficticio burdel de doña Luisa tenía, al parecer, su referencia real no lejos del lugar donde se alojaba Martín-Santos en aquellos años. Así lo cuenta Benet:
‘En el barrio próximo a la pensión de Luis, entre las calles Barquillo y Hortaleza por un lado, y Reina y Pelayo por otro, existían numerosos burdeles para toda la escala social; desde los más lujosos y reservados hasta los más populares y así los precios de la ficha cubrían un espectro que iba de las 25 a las 500 pesetas’
Y en uno de estos burdeles, siempre según Benet, ‘(…)Luis había echado raíces, teñidas de color oro viejo’, en referencia esto último a la edad madura de una de las mujeres del local a la que, al parecer, Martín-Santos guardaba más fidelidad. Esta mujer, sigue diciendo Benet, ‘(…) era una institución en el local y dada su larga amistad con la gobernadora del mismo, con frecuencia nos introducía en las habitaciones reservadas a la tripulación donde más de una vez sostuvimos con las chicas, en sus horas de ocio, largas veladas literarias en torno a una mesa camilla y un par de botellas de vino o coñac barato’. La vuelta de tuerca final que completa el ciclo nos la da Benet al explicar las motivaciones de aquella gobernadora para darles semejante trato de favor:
‘La gobernadora, que asomará en las páginas de Tiempo de Silencio con el nombre de doña Luisa, tenía ciertas pretensiones y no ponía reparos a las disertaciones que prodigábamos mientras las chicas cosían, jugaban al naipe, escuchaban el serial o leían literatura de género, no tanto para elevar el nivel cultural del medio cuanto para contar con un público respetuoso y calibrar los efectos de nuestra retórica sobre el pueblo llano.’
De nuevo - y ahora más que nunca, aun a riesgo de incurrir en la monomanía- es preciso recordar que no se debe confundir nunca la ficción con la realidad; de hecho, la vida privada del autor es del todo irrelevante a la hora de considerar su obra, como lo es la del cirujano que nos extirpa el apéndice o la del contable que nos hace los impuestos. Pero, desde esta perspectiva de Literatura y Prostitución, no deja de ser interesante constatar una vez más esta extraña y desigual relación que tienen o han tenido algunos escritores con el mundo del llamado “sexo de pago”. Una relación que, sin embargo, ni es ni ha sido nunca óbice para que, por lo general, sean considerados con admiración y respeto por la sociedad de su tiempo y, en ocasiones, hasta reconocidos públicamente con los más altos honores. Si Luis Martín-Santos no hubiera tenido la desgracia de fallecer en aquel lamentable accidente, habría llegado sin duda a ser uno de los autores europeos más importantes del siglo XX y a buen seguro habría recibido los máximos galardones de la profesión literaria. Y otros que también han usado el tema de la prostitución en su obra -pero que, mejor tratados por la fortuna, han podido gozar del tiempo suficiente para desplegar todo su talento- han conseguido llegar a encumbrarse a lo más alto a pesar de ello (vienen en seguida a la memoria los nombres de algunos destacados Premio Nobel y no pocos premios Cervantes). Pero, obviamente, no es un criterio que se aplique a todas las profesiones (vienen en seguida a la memoria los nombres de algunos políticos caidos en desgracia por sus ‘debilidades carnales’), como si para la levítica sociedad de nuestro tiempo la prostitución fuera algo condenable en unos casos pero no en otros. Una hipocresía, en fin, de la que al menos parecen beneficiarse la Literatura y, desde luego, los escritores.


Tiempo de Silencio es uno de los libros más demoledores que se han escrito en España en el s. XX. No cabe añadir más. El reguero intelectual que dejó su impronta es inagotable. La muerte de su autor nos privó de un talento literario al nivel de Valle Inclán.
(Nietze, a veces nos explica en seis líneas que son las opciones y futuros y otras nos hablas de literatura. Debes de ser alguien digno de conocerse.)